En su libro Las Venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano explica muy bien el origen y el desarrollo de la pobreza en el sur de nuestro continente. Después de la irrupción de los españoles en nuestras tierras, tuvimos que acostumbrarnos a producir para otros, y estos otros, se acostumbraron a explotarnos y robarnos.
Europa vio con ojos comerciales la nueva oportunidad que se abría ante ellos cuando tuvieron en sus manos oro, plata, chocolate y varios artículos nunca antes vistos. Comenzaron entonces a llegar a América infinidades de colonos de todas partes de Europa para dar inicio “al sueño americano” de aquel entonces.
Desgraciadamente, los colonos con visión de futuro y prosperidad se fueron hacia el norte, mientras que los europeos que querían riquezas y tierras de manera fácil, vinieron al sur.
Aquí comienza entonces el desplazamiento de indígenas y mestizos (cholos, indios y paisanos) hacia zonas rurales, campos, desiertos y altiplanos. Mientras que la burguesía y los apellidos “bonitos”, se quedaban en las ciudades fundando la clase media – pudiente.
Los “relegados” a zonas lejanas –y muchas veces inhóspitas- empezaron a convertirse en un gran grupo marginado, puesto que por vivir lejos de la urbe, no siempre tuvieron cómo satisfacer sus necesidades básicas –agua potable, vivienda sólida, luz, leche…- y cada vez que pidieron ayuda al Gobierno para poder salir adelante y cambiar la estrella de sus destinos, los tramitaron hasta el cansancio sólo por el hecho de tener rasgos y apellido de origen indígena.
Al marginar a la masa indígena y mestiza, ésta tuvo que comenzar a trabajar casi como esclava para ganar el mínimo sustento diario. Además, a esta gran masa, comenzaron a unirse jóvenes y adultos que en las ciudades no encontraron un espacio y oportunidades para surgir, puesto que sólo servía la mano de obra para las empresas privadas del país o las grandes empresas extranjeras, las que no dejaban lugar al sueño de surgir de los latinos.
Así, los grupos marginados empezaron a ser grupos pobres. Pero no solamente pobres por falta de recursos económicos, sino que pobres de mente, y lo peor, pobres de espíritu.
La mezcla casi perfecta de marginalidad con pobreza, provocó que estos grupos –a lo largo y ancho de toda América Latina- se convirtieran en lo más bajo del grupo socioeconómico. Teniendo como primera prioridad, la subsistencia diaria más que la educación, el trabajo y las ganas de surgir.
Esta situación derivó en otras peores, puesto que personas adultas y jóvenes –y en especial los niños- se dedicaron a robar, a traficar drogas, a prostituirse e incluso, a matar.
Lamentablemente, estas circunstancias no sólo se dieron en América Latina, sino que alrededor de todo el mundo; sobre todo en zonas devastadas por la guerra, como en Europa –sobre todo del este- y en varios países de África; donde la hambruna y sequía son sinónimos de pobreza.
Y aquí comienza el dilema, porque primero hay que tener clara la esencia de la pobreza: su real significado, lo que implica y lo que provoca, entre otras cosas, para poder combatirla. Es decir, si no conozco las características del enemigo, difícilmente podré acabar con él.
“La pobreza duele. Las personas pobres sufren dolor físico como consecuencia de comer poco y trabajar muchas horas; dolor emocional a raíz de las humillaciones diarias que ocasiona la dependencia y la falta de poder y dolor moral por verse forzadas a hacer elecciones; por ejemplo, si utilizan fondos limitados para salvar la vida de un miembro de la familia que está enfermo, o para alimentar a sus hijos.
Si la pobreza es tan dolorosa, ¿Por qué los pobres permanecen en la pobreza? Los pobres no son haraganes, tontos ni corruptos, ¿Por qué, entonces, es tan persistente la pobreza?”. Así comienza la introducción de una de las obras de Deepa Narayan: La voz de los pobres: ¿Hay alguien que nos escuche?
Si leemos con detención estas líneas, podemos ver claramente que la misma gente pobre no se considera exclusivamente pobre por tener escasos recursos económico, sino más bien, porque su dignidad está pisoteada, porque su esencia de ser humano está reducida al servicio y antojo de otros, a la marginalidad y sesgo de poder sentir algún día la satisfacción personal de sentirse realizado como persona humana –con todo lo que ello comprende: desde techo y comida hasta una familia numerosa-.
Aunque se han realizado bastantes estudios sobre la pobreza y cómo combatirla, aún no se ha podido erradicar casi por completo porque recién se está tomando verdaderamente en cuenta lo que los pobres realmente quieren. Como dice Narayan: “Para poder entender la pobreza a veces es necesario vivirla”.
Y creo que tiene bastante razón, porque la pobreza, al ser un mal que ataca al ser humano, cambia según las épocas que se viven y la situación geográfica.
Situándonos en nuestra próxima Arica y parinacota Región, por ejemplo: En el caso de la Beca Indígena, se consideran como sólidas las casas de adobe. Es decir, tienen el mismo puntaje las casas de concreto de Arica y las casas de adobe del Altiplano; siendo que las casas de Arica tienen además agua potable, alcantarillado y luz. Mientras que en el Altiplano, las casas de adobe sólo tienen techos de calaminas y paja brava para cubrirse de la lluvia.
Lo que quiero decir, es que no ganamos mucho si estas puntuaciones o determinaciones se hacen desde la capital; es necesario estar en terreno para poder ver claramente cuáles son las necesidades de las personas que piden ayuda. Es necesario salir del escritorio para poder darse cuenta que hay personas que se afligen porque no pueden tener un computador en la casa, mientras que hay personas que sufren porque tienen que esperar infinitamente en un consultorio o posta para que sus hijos sean atendidos.
No es posible que no quedemos con las estadísticas de Instituciones Internacionales que se “desviven” por ayudar al 3º Mundo; debemos ir más allá. Como América Latina, debemos presentar nuestras necesidades y no aceptar las necesidades que nos imponen los países desarrollados.